Thursday, February 03, 2005

La sombra de la Masacre en Ligia Minaya y Marcio Veloz Maggiolo

Rita De Maeseneer
Universiteit Antwerpen

We live by indirection, always compensating for what we finally cannot bear (Farrell 1998: 236)



La Masacre, una vez más

Desde que fue publicada la novela La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa sabemos que en la República Dominicana gobernó con mano férrea un dictador llamado Trujillo. Uno de los grandes traumas de esta Era es la Matanza en 1937 de miles de haitianos que Vargas Llosa evoca en el capítulo XI de su libro. Existe desacuerdo en cuanto a la duración, la cantidad de muertos y las razones que llevaron a esta Masacre. Todas estas contradicciones y la impronta fuerte del genocidio han propiciado las ficcionalizaciones al respecto. Del lado haitiano el hecho cruento ha sido re-creado por toda una serie de escritores empezando con Stephen Alexis en Compère Général Soleil de 1955. También autores haitianos más recientes, como Phlicoctète en Le peuple des terres mêlées (1989), o haitianos en la diáspora como Edwidge Danticat en The Farming of Bones (1998) y Louis-Philippe Dalembert en L’autre face de la mer (1998) vuelven sobre este acto de violencia ciega y feroz. De acuerdo con las teorías sobre trauma y pérdida (sobre todo las de LaCapra, Caruth y Farrell), [1] podría avanzar la hipótesis de que los escritores haitianos en su acercamiento a la Masacre la vuelven a representar en una repetición compulsiva. Es lo que Da Capra llama un “acting out”, una actitud hiperbólica de volver sobre este trauma que se manifiesta en alucinaciones, narraciones fragmentadas e inconexas, características que hallamos en Philoctète o Danticat, por ejemplo. Del lado dominicano no hace falta explicar que bajo Trujillo fue silenciado completamente este hecho y tampoco pudo ser recreado en ficción. Incluso después de la muerte del Jefe este hecho doloroso en la historia de la dictadura no retuvo la atención de los escritores que sí hurgaron obsesivamente en la figura de Trujillo y en los movimientos de resistencia. Una excepción la constituye El masacre se pasa a pie, texto publicado en 1973 por Freddy Prestol Castillo, un abogado al servicio de Trujillo que fue mandado poco después de la Matanza a la frontera para ayudar a reducir el conflicto a unas disputas a nivel personal. La parte sustancial de su libro consiste en la evocación de los hechos espantosos del 37 a partir de testimonios muy fragmentados de los soldados rasos dominicanos y de las víctimas haitianas y haitiano-dominicanas. Algunas escenas lacerantes expresan la incomprensión y las contradicciones a los que se enfrentan los “obreros del crimen” (Prestol Castillo 1993: 43) en su papel de matones. En este libro (de dudosa calidad literaria) es una de las primeras veces[2] que no se considera al haitiano únicamente de manera negativa, sino también compasiva. No obstante, una lectura atenta demuestra que Prestol Castillo condena y justifica al mismo tiempo la Matanza (De Maeseneer 2003a). Denuncia las crueldades cometidas, pero atenúa la culpa de los subalternos dominicanos, de los de abajo. Está claro que Freddy Prestol Castillo se acerca al drama por un sentimiento de culpa y por esta razón expresa cierta empatía. Fernando Valerio Holguín lo explica así:

Es posible que lo que obligó a Prestol a publicar el texto, a sólo ocho años antes de su muerte, fue [sic], en parte, la culpa. Dicha culpa, a causa de la complicidad tácita como testigo silente de la masacre, se manifiesta en el libro como cobardía o falta de hombría, recurriendo así a la humilitas, con tal de granjearse la simpatía de los lectores de la época, “lavarse las manos” de la sangre haitiana derramada en ese genocidio. Dicha publicación, más que poner en aprietos al gobierno de Balaguer, contribuyó a crear una imagen de democracia de dicho gobierno al confesar una culpa y un arrepentimiento inconfesables. (Valerio Holguín 2002: 45)

Al leer algunos textos dominicanos más recientes de autores que no vivieron el hecho en carne propia que sólo les persigue en narraciones e historias transmitidas oralmente, me llamó la atención que el Corte a veces aparece mencionado de manera casi accesoria. Por ejemplo, en sus caminatas por Santo Domingo en La estrategia de Chochueca (2000) de la joven escritora Rita Indiana Hernández, la protagonista se acuerda brevemente de una historia de su abuela al ver a los haitianos vendiendo en la calle:

Luego el haitiano en la calle que viene a ofrecerles una estatuica de madera, que mejor comprársela que aguantar esa mirada de niño que odia y que le llena a uno como de miedos el pecho, no porque un vecino me dijera que los haitianos se comían a los niños, pues eso lo superé después de que los vi contruir la mitad de la ciudad con sus brazos. (...) Este es otro miedo, un miedo como un ojo abierto por un mandarriazo y todo en un segundo. Recuerdo a la abuela que contaba lo que le habían hecho a una sirvienta haitiana durante la matanza. Mi abuela estaba sola en la casa con la chica que tenía unos meses de embarazo y al oír los gritos en creol se había metido debajo del fregadero, pero cuando la gente esa llegó, “como con el diablo adentro, la sacaron de allí...” y se me engarrota el corazón, y entonces es voltear, chupar rápido el refresco o comprarle la jodida escultura, de lo más bonita, un anciano con los ojos abiertos, mirando. (Hernández 2000: 17-18)

Me da la impresión de que los autores dominicanos bregan de una manera esquiva, tangencial, sesgada con su difícil convivencia con los haitianos llevada al paroxismo en este hecho muy traumático. Conforme con las teorías sobre el trauma, se trataría de una transferencia, un desplazamiento, término de claras resonancias psicológicas. Dominick LaCapra ha ampliado este concepto freudiano y lo ha aplicado a las teorías sobre el duelo. Lo define como un procedimiento de superación del trauma, de “working-through” (perelaboración). A diferencia del “acting out” presente en las recreaciones de los escritores haitianos, en la narrativa dominicana se descarga la tensión dramática desplazando el foco de interés, por ejemplo, en lo temático. Desde esta óptica, es decir de la transferencia temática, se pueden leer los dos textos que me he propuesto comentar. En “Llanto de cactus en una noche interminable” de Ligia Minaya (1941) y en El hombre del acordeón de Marcio Veloz Maggiolo (1934), la Masacre no es tratada factualmente, sino que ambas narraciones se sitúan en la zona fronteriza y en la época cercana a la Masacre. “Llanto de cactus en una noche interminable” es el primer cuento de mujer premiado en el Concurso de Casa de Teatro de 1998 y publicado en 1999. Me comentó Ligia Minaya: “Llanto de Cactus en la Noche Interminable es un cuento escrito en una noche, como si alguien me lo dictara, quizas mis antepasados haitianos, mi segundo apellido es Belliard. Desde muy niña oía a mis abuelos contar de la matanza y esa historias escalofriantes se quedaron en mi memoria para siempre” (Minaya: 2004). Para El hombre del acordeón (2003) del reconocido antropólogo y escritor Marcio Veloz Maggiolo, el mismo autor no me ha dado comentarios explícitos que me permitan estudiarlo dentro de esta perspectiva del trauma. Pero en su abundante novelística es constante la rememoración de los estragos infligidos por Trujillo. Además, su novela presenta múltiples pistas de lectura: es a la vez un documento antropológico, una indagación en la música popular y más específicamente el merengue, una novela policial... Por tanto presentaré una lectura parcial de este texto.

“Llanto de cactus en una noche interminable” de Ligia Minaya
La abogada y escritora Ligia Minaya es más conocida por sus textos trasgresores en lo que se refiere a la sexualidad. Uno de sus cuentos muy antologados, “Un abuelo impropio” gira alrededor de los amores de un abuelo con una niña. En su primera novela Cuando me asalta el recuerdo de ti (2003), Minaya evoca los amores de una mujer que le es infiel a su esposo.[3] El cuento “Llanto de cactus en una noche interminable” comparte el énfasis en la mujer, pero no explota la veta erótica. El chófer de la Gobernadora de Montecristi en la Línea Noreste, ya anciano, cuenta “con libertad” en una grabación a un periodista unos sucesos que se inician en 1937. El sintagma repetido “lo vi todo” y la insistencia en su posición subalterna (“no nos consideran “gentes””, “un criado más, un objeto” (Minaya 8;11)) acerca el cuento a la tradición del testimonio, aunque el lenguaje es sumamente cuidado y casi no presenta rasgos de la oralidad tan típicos de este género. A pesar de que la narración empieza a finales de 1937, no se concentra en la Masacre, sino en un Diluvio que se produjo después durante cuatro días. El Diluvio es tan fuerte que los cactus de esta zona muy árida y seca se convierten en una masa gelatinosa. En este contexto apocalíptico y mítico donde pugnan las fuerzas elementales nace la niña haitiana negra, Odile Belié, cerca de Villa Vázquez, pueblo fronterizo. Es un nacimiento violento al que no asisten ni un padre ni una comadre. La niña cae en un colchón de cactus fermentados, de manera que esta planta que suele tener espinas ahora le sirve de protección en el parto doloroso: “La madre se arrancó la placenta con las manos, de un tirón, como pudo, se levantó del camastro, tomó a la criatura y le cortó el cordón umbilical a dentelladas limpias. Pero la criatura, en lugar de llorar, escupió un flemón verde que fue a parar a la vela que alumbró su nacimiento dejando en tinieblas al bohío” (Minaya 3). Continúa por tanto el contexto mágico-mítico del Diluvio en el parto, ya que la madre que da a luz se enfrenta a la oscuridad en este momentáneo contexto acuático de la Línea Noroeste generalmente abrasadora, tierra de “Satanás” (Minaya 5). Después del parto, cesa la lluvia. El chófer explica las inundaciones como “respuesta de los dioses haitianos a tanto muerto, a tanta maldad, a tanta tortura, a tanta sangre inútilmente derramada de este lado” (Minaya 4). Confiesa Minaya: “La lluvia, en un lugar donde casi nunca llueve es casi una demostración lúdica de una Epoca que se rompe” (De Maeseneer: 2004). Se cuentan asimismo historias de haitianos en busca de sus muertos o de moribundos que gimen en la noche. Se corresponde con la creencia de que los muertos de la Masacre siguen presentes como espíritus. [4] También circulan historias sobre fantasmas que se sientan en los techos de las casas para coser sus heridas de balas y los machetazos con agujas de cactus. De ahí quizá el título “Llanto de cactus en una noche interminable”, como metonimia del recuerdo de la Masacre, y “alegoría a un dolor, tanto que, los cactus que son de zona desértica lloran”, al decir de la autora (Minaya: 2004).
Odile Belié tiene dotes de visionaria (“sus palabras de pitonisa parecían rayos devastándolo todo”) y el “pelo de cactus erizado y la voz... la voz que parecía salir de sus entrañas como un trueno. Un trueno calcinante que hacía paralizar al más bravo de los hombres”. Sus “ojos [son] como brasas encendidas” (Minaya 4; 6; 10). Si es cierto que hay un trasfondo poco preciso de vodú haitiano, tal como me lo confirmó la autora, es como si Odile encarnara las fuerzas de la naturaleza (trueno, rayo, fuego), que podrían hacer pensar en Changó, dios del panteón vudú. Además, se podría conjeturar que el mismo apellido se hace eco de otro de los loas muy temidos y muy venerado en República Dominicana (Davis), el fogoso y valiente Belié Belcán, equivalente de San Miguel.[5]
Después del intento fracasado del Secretario de Justicia de invitar a la pitonisa a visitar a Trujillo, deseoso de conocer los mensajes del más allá, se le encarga a la Gobernadora de Montecristi, Raquel Gavilán,[6] la misión de traer a la vidente. La convida a una fiesta para celebrar la inauguración por Trujillo de las nuevas líneas de electricidad “instaladas con la finalidad de que las luces de las provincias fronterizas se vieran desde Haití y los haitianos entendieran, de una vez por todas, que los dominicanos éramos superiores a ellos” ( Minaya 8).[7] Cuando Raquel Gavilán visita por primera vez a la maga para intentar arreglar la visita a Trujillo, le comunica un mensaje enigmático, aunque claramente relacionado con la Masacre: “Una nube roja envuelve su cabeza. Persigue a las mujeres de su profesión. Secretos de sangre y muerte vuelven a cobrar su precio” (Minaya 10). En su segundo intento, Raquel asiste a una extraña ceremonia en la que extraen el corazón y cosen la herida a un haitiano moribundo herido de un balazo con un hilo empapado en sangre y en un líquido “putrefacto, espeso y verde, como el de los cactus podridos por las aguas de 1937” (Minaya 13). La acusación de la pitonisa es clara:

¡Raquel Gavilán!¡Raquel Gavilán!¡Raquel Gavilán! Mire a ese hombre. La muerte le midió el aliento y aún sigue vivo. Nacido y criado aquí, en el lado este de la isla, pero haitiano, mil veces haitiano, porque el haitiano sigue siendo haitiano aunque le hayan parido aquí, según el decir de ustedes. Amarrado de pies y manos lo encontraron nuestros hombres. Baleado como otros tantos, miles de mujeres, ancianos, niños al igual que hace veinticinco años. (Minaya 12-13)

Luego todos los asistentes haitianos se untan con la mezcla de sangre, tierra y cactus fermentados, antes de llevar al hombre al Masacre “con la advertencia de que si un espíritu volvía la mirada, estaría condenado a penar sin rumbo entre la frontera de la vida y la muerte. Dicen que así vagan los muertos de la matanza de 1937, porque nunca entendieron en vida eso que llaman línea fronteriza, y creían, y parece que todavía creen, que la isla era una e indivisible”[8] (Minaya 14).
Al día siguiente todo se prepara para la fiesta del Jefe, lo que provoca la irónica observación: “Ni siquiera en la época de la matanza de los haitianos hubo tanto ajetreo en la frontera” (Minaya 16). Llega el Perínclito, descrito de manera muy cómica y amariconada: “Bigotes a lo Hitler y maquillaje a lo actriz de cine de los años cuarentas que, con el calor comenzaba a derretirse y le corría en un sudor rosado como lustre de bizcocho de quinceañera” (Minaya 17). También el innominado Balaguer es objeto de una caricaturización: “Pequeño hasta la insignificancia, incondicional en su fúnebre traje negro; haciendo girar su sombrero que como hongo de funeraria crecía en sus frías y destempladas manos, insensibles al cálido apretón” (Minaya 18). Además el Jefe, el de arriba, es quien usa un lenguaje informal, registro que efectivamente dominaba bien. Así la aparatosa acogida de la Gobernadora es cortada por el Jefe mediante la siguiente frase: “Déjate de pendejadas Raquel, que este sol me está quemando y me estoy meando desde que salí de Santiago” (Minaya 17). El Jefe sólo está interesado en la llegada de la “diosa fronteriza” que se niega a desplazarse, aunque había dicho “tener palabras para él”. Se les agua la fiesta y nadie se atreve a probar bocado: la comida se deteriora, las flores se marchitan, los vestidos comienzan a arrugarse de tanto sudar, otros tantos signos de la pérdida del poder.[9] Durante esta espera el chófer-narrador se imagina que el Jefe quizá recuerde la Matanza: “los días de aguas verdes y podridas de 1937, cuando la sangre de los mañé [haitianos] y de los pití [pequeños] se confundía con un torrente de ríos incontrolables y ante sus ojos vio el Masacre teñido de rojo y el fulgor de los machetes, el lamento de los mutilados y las cabezas cercenadas y los vientres abiertos donde todavía palpitaban criaturas tiernamente viables” (Minaya 20). Finalmente, el Jefe decide dirigirse hacia Odile, tal como ella lo había pedido. Después de haberse hablado brevemente sin que nadie se entere del contenido, se produce otro aguacero extrañísimo y envejece Trujillo como por arte de magia. A partir de aquel momento el Jefe sufre de incontinencia. Se podría interpretar como otro diluvio, pero desmitificado (al igual que la ‘meada’ ya citada). Cuanto más aumenta este defecto físico -uno de los clichés sobre Trujillo, también aprovechado por Vargas Llosa-, tanto más se intensifica la ira, el fuego de la violencia no apagado. El cuento termina con la muerte del Jefe: “Cuentan que, algunos meses después de aquel encuentro, Odile Belié se levantó cantando. En el sueño había tenido una revelación que al despertar se convirtió en certeza. Soñó que la Muerte tenía puesto el uniforme enmedallado del Tirano. La confirmación le llegó por la radio en forma de noticia” (Minaya 24). En este cuento la Masacre introducida en toda su crueldad aunque en segundo plano va contrarrestada por los poderes incontrolables de la naturaleza encarnados en Odile Belié, representante de prácticas comunes entre haitianos. Aunque la Masacre sólo sirve de marco, es considerada el elemento decisivo en la caída del Jefe y representa un pasado no asimilado y no concluido. El cuento enfatiza los elementos de origen mítico-religioso que no llega a controlar el Jefe: el fuego y el agua, dos fuerzas elementales importantísimos en el vudú, que acompañan a Odile a lo largo de la narración.[10] Además, en la escritora feminista que es Ligia Minaya, no sorprenderá que sea la mujer la que domina y sojuzga a Trujillo, menguado en su poder también mediante un uso muy inteligente del humor. El acercamiento a la Masacre dista mucho de ser una manera dolorosa de revivirla, aunque no se elude su crueldad. Se convierte en el núcleo y punto de arranque de un alegato contra ideologías excluyentes y restrictivas que no tienen en cuenta la complejidad multicultural y las dimensiones mítico-mágicas de la isla. El hombre del acordeón de Marcio Veloz Maggiolo El hombre del acordeón de Marcio Veloz Maggiolo versa sobre la(s) muerte(s) misteriosa(s) poco después de la Matanza del merenguero Honorio Lora que vivía en la zona fronteriza. Hablo de muertes en plural, porque después de que falleció y fue enterrado en La Salada sin que se aclarara la verdadera causa (murió de risa ¿asesinado? ¿envenenado? ¿por órdenes del General?), dos brujas lo resuscitan para que pueda vengarse de su muerte injusta y del robo de su acordeón en su ataúd. Luego Honorio será enterrado otra vez. Terminará como baron Samedí/ San Elías, el primer enterrado en el nuevo cementerio de La Salada. Vetemit Alzaga, un cuentero al servicio de Trujillo, y otros testigos ayudan a un yo narrador/periodista venido de la ciudad a reconstruir lo ocurrido hace muchos años. Al igual que en Minaya se interpone una distancia temporal prudente para acercarse a esta época conflictiva. Ya desde el inicio del texto, se nos advierte que no llegaremos a leer una historia coherente: “Las versiones sobre este caso son muchas (...)” (Veloz Maggiolo 2003: 11). Además, la misma profesión de uno de los informantes, Vetemit Alzaga, subraya la mentira de la historia, tema textualizado en varios fragmentos, muy conforme con los presupuestos de la nueva novela histórica (Menton). El historiador oficial Vetemit Alzaga españoliza apellidos inventando una genealogía limpia para la gente de la zona Noroeste, al igual que los linajudos en los tiempos de los judíos.[11] De ahí que comente:

La gente había encontrado eso que ahora llaman “la identidad”, una cosa que se puede inventar y dar personalidad a quien no la tiene. Una cosa que también puede inventarse, porque el General, cuando se produjo la matanza de la frontera, se interesó mucho en saber que el cementerio de La Salada era un importante sitio en donde antes, siglos antes, fueron enterrados indios son sus vasijas y sus ofrendas. (Veloz Maggiolo 2003: 92-93)

De esta manera ya se anuncia el marco en el que cabe interpretar la Matanza, el trasfondo de esta historia: refleja el deseo de eliminar lo negro, lo otro, y de blanquear a los dominicanos construyendo una identidad ficticia basada en unos antepasados indios.
El texto desarrolla varios enfoques que no siempre se armonizan de manera equilibrada. La historia es sustentada por una trama algo detectivesca: la búsqueda del acordeón que desapareció del féretro de Honorio y la elucidación de la muerte misteriosa de Honorio. Se añaden las historias de amor de Honorio, sobre todo con la bruja Ignacia Marsán, la amante más querida de Honorio, y su reencarnación más joven, Remigia. Y tampoco asombrarán las observaciones casi antropológicas en este escritor, autor de varios estudios en esta área. Así el capítulo XI se asemeja más a un ensayo sobre las diferentes partes del alma y el culto de los muertos en el vudú que podemos cotejar con los estudios de Alfred Métraux (1958: 216-235). El ambiente de magia lo domina todo: se escucha música sin que se pueda identificar de dónde viene, hay botas que caminan solas, aguaceros inexplicables en esta zona árida (al igual que en Minaya), ballenas que aparecen de manera mágica (una leyenda inventada según me confesó el escritor (De Maeseneer 2004))... Las dominicanas Ignacia y Remigia poseen poderes mágicos: vuelan, oyen los merengues de Honorio a larga distancia, son capaces de despojarse de su piel, resuscitan a Honorio, operación llamada el “desunén”.[12] Ignacia es capaz de paralizar el brazo de su padre cuando éste le impide juntarse con Honorio Lora a los trece años. Al igual que los bacás Remigia es capaz de convertirse en un hombre fantasmático para hacer una aparición en la tienda donde los compañeros de Honorio empeñan su acordeón. Todas estas facultades mágicas han sido aprendidas en casa de la bruja haitiana Polysona Françoise. Marcio Veloz Maggiolo comenta en una entrevista:

La República Dominicana es un país de leyendas. Seabrook la llamó La isla mágica. Es una isla mágica donde el escritor cosecha lo que ha florecido durante tantos años y siglos. Durante largos años el país era un territorio abandonada a la leyenda. La religión católica que fue una religión importante apenas en el siglo XVIII tenía ocho o diez sacerdotes en todo el territorio. Es evidente que la gente necesita de un más allá inmediato y cotidiano que inventa. La leyenda emerge saturada por ese mundo de las creencias y de la religiosidad popular que va cambiando permanentemente. (De Maeseneer 2004: s.p.)

La Matanza aparece en remisiones poco elaboradas, como en sordina. Ya desde las primeras páginas el cuentero Vetemit alude al genocidio de los haitianos, rayanos y dominicanos negros, inclusive de niños, mediante machetes, para delimitar claramente la frontera y eliminar a “los vecinos”: “(...) fue en 1937 cuando el Brigadier, ya Generalísimo, ordenó la matanza de los haitianos de la frontera norte, matanza que también alcanzó a muchos de los rayanos y dominicanos negros, y que acabó hasta con los mamando o niños de teta, (...). (Veloz Maggiolo 2003: 14). También el río Masacre es asociado al hecho cruel: “Era el mismo río en donde la muerte llenó de sangre aguas y caminos con el machete en alto de los hombres del General” (Veloz Maggiolo 2003: 86). Y cuando las dos volanderas tienen una visión en un charco de agua[13] de Néné, una víctima con un tajo en el cuello, se dan cuenta de que
(...) Néné, tamborero de Manzanillo, había sido de los muertos de el “corte”, nombre con el que los dominicanos conocieron el esfuerzo del Brigadier por “salvar la raza hispana”, azuzado por sus asesores al punto de hacerle creer que el apellido ancestral de su abuela era español, puesto que Chevalier en francés significaba “caballero” en lengua de Castilla” (Veloz Maggiolo 2003: 57)

La magia va asismismo asociada con la Masacre, ya que es así como se justifica el “desunén”: “Aunque Honorio jamás fue practicante de estas creencias [el vudú], el hecho de haber muerto por criticar las medidas del llamado “corte”, donde murieron haitianos y rayanos, le daba oportunidad y derecho de ser tratado como uno de ellos” (Veloz Maggiolo 2003: 85)
La referencia a la Masacre se concreta en los merengues de Honorio Lora. Honorio Lora fue durante mucho tiempo el músico favorito de Trujillo, ya que le enseñó a bailar el merengue.[14] Después de cantar durante años sus amores pasó a versos “ de la protesta y la amargura” (Veloz Maggiolo 2003: 35). Se explica por una vivencia dolorosa personal, ya que perdió en la Matanza a su compadre rayano Tocay y a su esposa Ma Misién matados por “error” según Vetemit (Veloz Maggiolo 2003: 94). Algunos merengues (sin duda ficticios) ilustran esta protesta: “A lo negros lo mataron/ del río Masacre a la vera/ y a la pobre Ma Misién,,/ a la pobre, quién la viera./Lo dientes de cara ai soi,/ sonrisa de mueite entera./La comadre Ma Misién/ se murió de matadera.” Y uno de los últimos merengues cantados antes de su muerte reza así: “Cuando la mueite llegó/no quedó ningún rayano,/que con la mueite en la mano/hata ei machete gritó:/ que no lo maten poi Dio,/son también dominicano” (Veloz Maggiolo 2003: 35; 42). Honorio Lora se convierte por tanto en portavoz de los rayanos, en el “hombre de los merengues que asedió con su música a los autores de tanta muerte” (Veloz Maggiolo 2003: 88). El merengue adquiere aquí un carácter rebelde. Es tanto más soreprendente en cuanto que sabemos que fue erigido por el régimen de Trujillo precisamente como música oficial al servicio del poder (Austerlitz, Brito Ureña) y más de una letra de merengue alaba al Padre de la Patria. Veloz Maggiolo sugiere por tanto la ambivalencia tan típica de la música popular, que puede servir de medio de rebelión y de sumisión (De Maeseneer 2003). El mismo escritor subraya esta contradicción:

En la obra se sigue la tradición del dictador que mitológicamente es enseñado a bailar merengue por el músico y el dictador que destruye las comunidades rayanas. El músico se va convirtiendo a la vez en enemigo, en un cantor de la tragedia que afecta al régimen. Hipócritamente Trujillo quiere siempre demostrar que es el amigo todavía del personaje, aunque está condenado a muerte. Es todo el mundo contradictorio de la dictadura: por una parte elogia y hace suponer que apoya, por otra parte destruye y hace desaparecer lo que le molesta. Todo este mundo entra en la magia del espacio fronterizo.(De Maeseneer 2004)

Esta oposición política expresada mediante la música culmina en el duelo entre dos merengueros en la gallera. La Postalita, una merenguera al servicio de Trujillo compite con el acordeonista Acedonio Fernández que resulta ser hijo de Honorio Lora. El duelo entre los merengueros después de la pelea de gallos se va tiñendo de rasgos políticos. Al igual que en El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez, la gallera hace las veces de lugar de propaganda política clandestina y de ágora campesina. [15] Para vengar la muerte de su padre y recuperar el acordeón de Honorio Lora que fue comprado por la Postalita, Acedonio Fernández y los marassá (gemelos) Tocay y Tocaya, hijos de los rayanos asesinados Tocay y Ma Misién, se enfrentan a la Postalita. Ganan casi por milagro: es como si estuviera tocando el mismo Honorio Lora y las manos de otro mundo, las de Honorio resucitado, dirigieran las manos de los músicos. La música va adquiriendo dimensiones mágicas y junta a los vivos y a los muertos de la Masacre:

“Honorio, resucitó Honorio”, gritaban los que conocían el estilo del hombre del acordeón. Tronó y entonces por encima del trueno sonó mejor la música, relampagueó y entonces por encima del relámpago se iluminó la música, y por encima del relincho de las yeguas y caballos entripados, y por encima del repique de la campana de la iglesita, que sonaba movida por el viento, y por encima de los techos más allá del Masacre, en donde los huesos de los masacrados esperaban la trompeta del juicio final. (Veloz Maggiolo 2003: 142)

La Matanza aparece por tanto en visiones y canciones, como elemento aparentemente secundario en este texto sobre un merenguero. Va unida a la reivindicación de la zona liniera poco presentada en la literatura dominicana,[16] donde reina un ambiente de mezcla, de magia, de hibridez, de resistencia al régimen que se opone radicalmente a mensajes unidireccionales y a una negación de la otra parte de la isla. El que Honorio Lora se convierta finalmente en el espíritu bienhechor Barón Samedí/San Elías, mitad cristiano mitad vudú, y muchas otras coincidencias raras que sugieren reencarnaciones y desdoblamientos contribuyen a enlazar la idea de la pluralidad cultural (dominicana/ haitiana) con el ambiente mágico-rural omnipresente en la novela, que la Masacre quiso eliminar en vano.[17]

La mancha infamante

Aún sin abandonar del todo este pasado de Trujillo hasta hoy en día todavía muy presente en la literatura dominicana, los textos de Ligia Minaya y Marcio Veloz Maggiolo transitan por caminos temáticos poco pisados inspirándose en la rica música y creencias populares cuyo poder de resistencia perciben. Los dos textos estudiados integran la Masacre como base de protesta que se expresa mediante el merengue o por el recurso a poderes mágicos. Pero tanto en el cuento de Ligia Minaya como en la novela de Marcio Veloz Maggiolo, la Masacre sigue presente/ausente como una mancha infamante[18] tal como lo expresó Stephen Alexis:

Tout ce qu’il y avait de noble, de pur, de grand dans l’âme d’un peuple simple et humain, fut traîné dans la lie boueuse de la pluie battante, par le Chacal [Trujillo] et ses sbires. Tant que cette terre durerait, elle garderait les traces de ces mares de sang fraternel et les enfants dominicains des temps à venir baisseraient la tête devant ces taches infamantes … (Stephen Alexis 1955 : 319)

Al diluir la mancha de la Masacre en sus textos Ligia Minaya y Marcio Veloz Maggiolo inician un proceso de superación de esta relación problemática con la otra mitad de la isla, ahora y entonces.
BIBLIOGRAFÍA

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[1] Agradezco a Ilse Logie su valiosa ayuda para entender las teorías del trauma.
[2] Véase el artículo de Emilio Jorge Rodríguez “Frontera y narrativa caribeña” (1993) para los pocos casos de tratamiento menos negativo del haitiano en la literatura de la frontera. También es de consulta imprescindible el estudio de Veloz Maggiolo “Tipología del Tema Haitiano en La Literatura Dominicana” (1977: 93-144).
[3] La dimensión no sólo erótica, sino también existencial de la novela es recalcada por Jeannette Miller en “Sobre Ligia Minaya y su particular forma de recordar” (Miller 2003: 194-197).
[4] Brendbekken advierte: “The Taíno spirits and the Haitians killed in 1937, who are considered to have turned into spirits, are said to fly over the land when the peasants are tilling their conuco plots; the spirits are vengeful as a result of having been violently driven off their land and massacred. They may enter the peasants’ bodies with the breeze, their smell announcing their presence” (2002: 35).
[5] Otra coincidencia es que Belié Belcán es abogado de los partos difíciles (Deive 1988: 222). Y todos los diccionarios de símbolos asocian el carneo con la fuerza (creadora o destructora) y el fuego.
[6] Ligia Minaya me comentó: “Raquel Gavilán es el nombre supuesto de Isabel Mayer, gobernadora de Montecristi, de quien decían, le buscaba mujeres a Trujillo. Fue también la bisabuela de los hijos de Ramfis, el hijo mayor del dictador. María de los Ángeles, su bisnieta, vive en Madrid” (Minaya 2004). Fue la primera mujer elegida senadora en 1942, por ser acérrima defensora del régimen. Pues su integración en el régimen no responde en primer lugar a reivindicaciones feministas. Mayer habría acogido a Trujillo en su casa el 2 de octubre de 1937, cuando se produjo la Matanza (Castor 1987: 26).
[7] La ironía no puede ser más mordaz, si pensamos en la polisemia de la palabra luces (inteligencia y claridad) y en los frecuentes apagones que caracterizan la República Dominicana.
[8] El lema de la nación haitiana “Une et indivisble” confunde un tanto, ya que parece sugerir los anhelos invasores de Haití, este gran fantasma siempre alentado por los ideólogos de Trujillo. Pero quizá se pueda leer también como un ataque al mutuo desconocimiento de ambas partes de la isla.
[9] La descripción de la fiesta fracasada me recuerda la descripción de la Nochevieja en la novela de Carpentier, La consagración de la primavera, el 31 de diciembre de 1958, cuando los ricos esperan en vano a Batista.
[10] Estos poderes desempeñan también un papel importante en las creencias taínas. La lluvia es Boinayel y los relámpagos son Maroya, por lo que se podría generalizar esta importancia de las fuerzas que Trujillo no llega a dominar. El cuento de Minaya reanuda de esta manera con “Nineteen Thirty-Seven” recogido en el volumen Krik? Krak de Danticat (1996: 31-49). En este cuento la protagonista que nació durante la Masacre cuenta sus visitas a su madre que está encarcelada por tener poderes sobrenaturales. La madre encarna al lougarou y es acusada de volandera (tiene alas de fuego). Su salvación de la Masacre le dio poderes sobrenaturales. La narradora dice que son todas hijas del río: “We came from the bottom of that river where the blood never stops flowing, where my mother’s dive toward life – her swim among all those bodies slaughtered in flight- gave her those wings of flames. The river was the place where it had all begun” (Danticat 1996: 41).
[11] Aunque parece ficción la invención de la identidad, no lo es, como podemos deducir de un ensayo de Marcio Veloz Maggiolo, “Eulogio, inventor de memoria” (Veloz Maggiolo 2000: 87-92). Vetemit Alzaga parece ser una recreación ficticia de Eulogio León, a quien Trujillo encargó hacer la historia, la “oralografía” de varios pueblos de la Línea Noroeste. Como a Trujillo las historias no le parecen lo suficientemente heroicas, Eulogio se convierte en “inventor del pasado”, historiador oficial de Trujillo para esta zona. Luego Eulogio pasa a ser inventor de genealogías españolas para personas privadas. Termina siendo delatado por un desfalcador que intentó estafar a Trujillo mediante una genealogía inventada por Eulogio.
[12] Métraux indica que el “dessounin” (del francés sonner) o la degradación es la ruptura entre el loa y la persona muerta quien estaba unida a un loa. El houngán (sacerdote del vudú) se sienta en el muerto y arranca al loa del muerto que hace como si resuscitara momentáneamente. Métraux advierte que no sólo se aplica el desunén a los adeptos del vudú sino también a los que se destacan en determinados oficios o artes: “C’est ainsi, par exemple, que l’on “dégrade” des musiciens, des photographes ou des marins expérimentés. Le talent ou simplement l’habileté dont ceux-ci avaient fait preuve de leur vivant passe pour être d’essence surnaturelle, donc inspirée par un loa, lequel doit être retiré du cadavre” (Métraux 1958 : 219). Honorio Lora adquiere así dimensiones de un dios. Para el “desunín”, véase también Deive (1988: 359).
[13] El charco de agua es un lugar donde pueden morar espíritus malignos en las creencias del vudú.
[14] El apellido Lora no es gratuito a este respecto, ya que Ñico Lora era uno de los grandes merengueros al servicio de Trujillo (De Maeseneer 2004).
[15] La pelea de gallos constituye la metáfora básica del libro de Wucker sobre Haití y Santo Domingo, Why the cocks fight. Domincians, Haitians and the struggle for Hispaniola. Por lo que se refiere a la influencia de García Márquez, el reseñista Benavides la señala, aunque a causa del lenguaje menos hiperbólico el libro no le parece un epígono del escritor colombiano (Benavides 2003: s.p.).
[16] Deive (1988: 386-390) señala que Sócrates Nolasco en El diablo ronda en los guayacanes que ubica sus cuentos impregnados de vudú en la zona fronteriza, pero no he podido leer estos cuentos.
[17] Marcio Veloz Maggiolo reivindica la multiculturalidad también en La biografía difusa de Sombra Castañeda (1984). Véase “El proceso de transculturación en: La biografía difusa de Sombra Castañeda ” (Zakrzewski Brown 1996: 85-97).
[18] Por supuesto dialogo con el último cuento de Bosch, “La mancha indeleble” (de 1960) cuya huella “siempre vivirá” según las bellas palabras de José Mármol (2004: 37). En este cuento le piden a un hombre que le entreguen su cabeza, porque van a pensar por él. Huye aterrado, sólo se atreve una vez a salir a tomar un café. En el bar lo reconocen y lo acusan de que no entregara la cabeza. Se encierra en la casa donde intenta lavar su camisa manchada por el café, pero no se le va la mancha aparentemente indeleble. Es significativo el simbolismo de la mancha indeleble, que sea la de la culpa por no entregarse, la de un brainwashing cualquiera (no sabe si son “miembros o enemigos del Partido”, como reza el final del cuento). Y … al darme cuenta de que mis bases teóricas casi todas provienen de estudiosos que analizaron el holocausto, la de la exterminación de los judíos, no cabe excluir la relación con otras manchas indelebles…